Perros I

Perros que ladran detrás
de mis miedos, intuyen
la ingenuidad menos armónica
con un rosario de otra vida
rezan, rezan por buen refugio
y por su vespertino cantar.

Monopolio de estos crepúsculos inertes
donde rasguñan la última costilla
del silencio; desafiamos
a estas bestias invisibles
que carcomen sin más hambre:
volverán aquí algún día
con otro gustillo insípido
por que esta y otras vidas
absorberán en los edificios derrumbados
faros de la bahía que trastocan la penumbra
con lucecillas agudas hasta la encandilación.

Basta con perder la noción del esqueleto,
no, falacias absolutas, rememorando citas viejas
y papeles arrugados podridos en las venas
extremaunciones antes del testamento vacío;
puede ser que por instinto sientan al diablo
o con el frenesí de sus lamentos
porque suelen atormentarse desnudos
en medio de la nada, trolebuses
con destino al desierto inanimado
llegarán, tal vez, retrasados
a la culminación de su perfecta obra secreta
frotarán sus garras, envolviendo los misterios
tal cual como imaginaste, y perseverancia
de donde ha salido tanta necedad.

Su voluntad furiosa, ladran, ladran
como una procesión silenciosa, ladran
porque su ritual incansable es tan fundamental
y voraces, paranoicos, deambulan en la sombra
en unos días que jamás serán recordados
pernoctan, pernoctan junto al señor feudal
que nunca se da cuenta de nada.

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Perros II

Sentado en el diván, considerando la experiencia
de la arboleda paciente, percibo
las traslaciones de las bestias
y muerden muerden profundo:
yo no digo que canten a la luna
casi pregonando pequeños trozos
de soledades rotundas, ellos
caníbales desprejuiciados
avanzan por matorrales propios
de mis memorias retorcidas:
yo digo que ellos polemizan con la tierra
inconscientes, y viven inconscientes
provistos de poderosos colmillos y de una emotividad
más que galaxial.

Sin embargo, ladran y nunca
pudiste verlos.