Pasajeros

Vivo en una ciudad que es lo más inerte que hay
tiene calles donde brotan flores muertas
inmediatamente después de la acera
que significa el alarido de nuestras perpetuas exageraciones
y, en medio de su medio ambiente vegeta un ciclo de microbuses autorizados
por el Ilustre Ministerio de las Ratas.

Los pasajeros reflexivamente callan
como aguardando el advenimiento de un exorcista de sentimientos
un ser de traje negro y corbatín de lunares
un oficinista como cualquiera de nosotros.
Vivo en una ciudad que parece muerta
donde hay transeúntes con portafolios
y los siervos de la gleba que son los fúnebres sacerdotes de las criptas.

Los ángeles en el Cielo en el fondo saben escuchar.
Pero nada de esto te sorprende. Los ángeles, desde su perspectiva genuina,
parece que durmieran su borrachera de humo
la mañana de una noche cotidiana.
Los pasajeros reflexivamente se desesperan,
los pasajeros bien pueden desplegar sus alas
y nunca alzar el vuelo
en sus trolebuses intermitentes.

Hay mil pares de piernas acostumbradas a ser desconocidas
-razón por la cual experimentan un comportamiento extraño
estas piernas nómades hablan un español precario pero acerbo
y deambulan por andenes raídos por el oficio de la soledad que pregonan nuestros gurúes.

Se me cae un ventanal en la cabeza.
Y veo como se te cae la cabeza
del puro gusto de sentirme un forastero de mi carne ensangrentada.
La gotera que, lágrima tras lágrima, inunda tu pedazo de cuartucho repleto de tradiciones
(porque estas piedras portan los genes de la cultura degenerada)
me mata, me tortura, cada año
cada individuo que observo
porque es como tú:
un habitante más de esta gran ciudad
entablada sobre los cimientos de la miseria.

En su durmiente, el tren de la vieja estación
del sector poniente de la ciudad
con sus voces estúpidas pero enérgicas
no perdona ni reflexiona sólo permanece allí en su estable sitio podrido y oxidado.
De pronto cae Dios como cae un tramoya
Éste Ingenioso Arquitecto y toda Su Obra Maestra
cuando teje la pasión y la soledad de los enfermizos pares de piernas
que nos persiguen simulando no existir.

Aún hay poesía en este pueblo.
No se encuentra en los almacenes ni en los moles rotundos
ni en las arterias de nuestro mundo civilizado;
digo que no hemos sido capaces siquiera de sufrir
porque somos unos individuos
y este oficio literario se resiste a desaparecer
aunque los ciudadanos lo desconocen o lo omiten;
el salario del Gran Tramoya alcanza para soñar
el día emite sonidos tan vagos y sucios
mientras los pasajeros adoptan una actitud ligeramente sospechosa
cuando tienen certeza de los acontecimientos.

En el fondo, si he de confesar que estamos
sumergidos en una ciudad paralítica
quiere decir que estoy mintiendo
desconfíen de un ser fatuo como yo
o sospechoso como ustedes.

Vengo de una ciudad ecuánime
que enciende y apaga la luz
los farolitos testarudos de un lugar
extremadamente demente.

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