Bolsas

BolsaTodavía con bolsas en los ojos, arrastraba la bolsa del pan. En la esquina, un bolsero le pidió una ayudita, pero sólo le mostró los bolsillos vacíos. Claro, como no pasaba na’ en la bolsa de trabajo…

Lejos de ahí, en la Bolsa de Comercio, un empleado reembolsaba las ganancias de las acciones del día; mientras un asaltante, con una bolsa en la cabeza, sacó del bolsón una calibre 22 y exigió que depositaran el dinero en una bolsa. Pero llegaron los pacos, lo rodearon y, en un dos por tres, lo hicieron bolsa.

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Laberinto

Aquella ciudad extraña
extraña a sus habitantes
habitantes la mayoría de las veces extraños
extraños vagabundos amamantados
por la robótica rutina de sus calles.

Calles de la ciudad alejadas de la mano de Dios
Mano de Dios que apunta a un peatón entre diez mil
como sombrías entre las mediocridades:
bajan las nubes que no fumaste
gran burbuja y fábrica de melancolía.

Calles de la ciudad en otra perspectiva
salen llamas desde lo profundo de tu pulcritud
de transeúnte o candidato
de los problemas de siempre.

Quien enfrenta los pasadizos laberínticos de su ciudad extraña interior
está en el fondo trabajando por la soberanía de la sociedad exterior:
el Paseo de Huérfanos nos agobia con su comerciante parálisis;
creo ver un viejo jugando una partida de ajedrez con las murallas del recinto;
los perros que ladran en la Plaza Brasil, invulnerables,
tragan la misericordia de las palomas decorativas;
el parque se ve inmóvil en los distintos inviernos;
llega la hora en que los muchachos encienden sus pitos a costa de la policía;
la gente deambula para hacer cumplir las profesías de un señor canoso
dueño de una tienda de abarrotes
y este sueño nunca va a terminarse:
porque somos los habitantes extraños de la ciudad sin galardones hasta que la muerte nos separe:
somos, después de todo, maquinales
los perros que ladran pero no muerden.