No me abandones, poesía

No me abandones, poesía
del alma, quedan voces
hilarantes y sutiles roces
muchos azares todavía

quedan recuerdos de otros días
donde escucho cánticos atroces
coros y soy yo que imploro entonces
que no me dejes ahora, poesía.

Hambriento de la muerte y de la vida
me acurruco entre las sombras
gritando con la garganta torcida

y me ves y no te asombras
hasta que te vas quedando dormida
a lo ancho y a lo largo de mis alfombras.

Hola

y chao.
Como un cónsul de nada,
adiós,
y esa palabra tan exacta:
“extraño”
como lo ajeno lo desprovisto de color
una flecha sin sentido un lagarto desdentado
así voy desfilando a paso firme
por la tumba y la incongruencia
de este acto.

Agonizante, sin previo aviso
de tus conversaciones
prostituidas parafraseadas
y cuántas enfermedades han salido
de tu garganta la risa calculada
que depositas ahí como escupitajos
bajando por las fronteras absurdas
de tus estudiadas vanidades
mientras me voy consagrando
al oficio de lo inerte.

Recuerdas
cuando me decías Paula en realidad
quisiste decir Augusta
en memoria de otro césar
y siempre llegabas, menos ahora
precisamente
menos ahora
en el instante de tu aberración.

A Dios
le debo poco, unas cuantas frases quizá
el río donde no me dejaré llevar
el sueño el exceso de sosiego
tu envejecimiento espontáneo;
dónde dónde estabas y con quién
cuando el procedimiento
siempre el procedimiento
nos derrumbaba
como terciopelos aniquilados,

Vuelve.
Vuelve y dime adiós.
Me alejaré dormido
habituado al ensueño.

Noctámbula resaca

Noctámbula resaca,
inopia del destierro,
mi ciudad de fierro
tus calles de cloacas

tienen paredes de alpaca
en el inmensurable cerro
donde siempre yerro,
clavadme la estaca

en el centro del pecho
o pregonadme la muerte
estoy en mi derecho

no tengo otra suerte:
soy el chancho y el afrecho
el más débil y el más fuerte

Perros I

Perros que ladran detrás
de mis miedos, intuyen
la ingenuidad menos armónica
con un rosario de otra vida
rezan, rezan por buen refugio
y por su vespertino cantar.

Monopolio de estos crepúsculos inertes
donde rasguñan la última costilla
del silencio; desafiamos
a estas bestias invisibles
que carcomen sin más hambre:
volverán aquí algún día
con otro gustillo insípido
por que esta y otras vidas
absorberán en los edificios derrumbados
faros de la bahía que trastocan la penumbra
con lucecillas agudas hasta la encandilación.

Basta con perder la noción del esqueleto,
no, falacias absolutas, rememorando citas viejas
y papeles arrugados podridos en las venas
extremaunciones antes del testamento vacío;
puede ser que por instinto sientan al diablo
o con el frenesí de sus lamentos
porque suelen atormentarse desnudos
en medio de la nada, trolebuses
con destino al desierto inanimado
llegarán, tal vez, retrasados
a la culminación de su perfecta obra secreta
frotarán sus garras, envolviendo los misterios
tal cual como imaginaste, y perseverancia
de donde ha salido tanta necedad.

Su voluntad furiosa, ladran, ladran
como una procesión silenciosa, ladran
porque su ritual incansable es tan fundamental
y voraces, paranoicos, deambulan en la sombra
en unos días que jamás serán recordados
pernoctan, pernoctan junto al señor feudal
que nunca se da cuenta de nada.

Perros II

Sentado en el diván, considerando la experiencia
de la arboleda paciente, percibo
las traslaciones de las bestias
y muerden muerden profundo:
yo no digo que canten a la luna
casi pregonando pequeños trozos
de soledades rotundas, ellos
caníbales desprejuiciados
avanzan por matorrales propios
de mis memorias retorcidas:
yo digo que ellos polemizan con la tierra
inconscientes, y viven inconscientes
provistos de poderosos colmillos y de una emotividad
más que galaxial.

Sin embargo, ladran y nunca
pudiste verlos.

Ciutat II

El ruido el ensordecedor ruido
de la fábrica
gente como humos grises
saliendo de las grietas
marchan sin saberlo
pisoteando las máquinas.

La humedad los rastrea
en medio de la exagerada indiferencia
un niño acurrucado junto a unas
planchas de zinc
juega a ser grande un día
y yo me juego la vida el futuro
una escondidilla en la oscuridad proletaria.

Quizá en otras circunstancias, reflexione
que para bien o para mal pudimos
ser los personajes en constante
peligro de extinción.

Ciutat I

Mis fronteras limitan con la formidable
estructura de esta ciudad multiforme
donde cada día es un caso
y no son las mismas aguas que anteayer:
el semáforo de la esquina
son tus luces son tus perlas
tus emociones frívolas máscaras
según donde me encuentre yo en ese momento:
me detengo a meditarlo
y casi nunca sale un perro a expiarte.

Tus calles cosmopolitas se propagan
cuando el comercio al menudeo se desnuda
y sin tu consentimiento ellos
en el fondo ellos van reptando
sumergidos en el nuevo devenir de la Avenida Providencia
y yo, como un tonto pasajero
espero que pase el tiempo en que los inútiles
confíen en el trueque.

Recuerdo cada instante
que pude ser el Ruiseñor
el Vendedor de las Orquídeas
el gran Arquitecto del negocio de las Aseguradoras.