Sentado en el diván, considerando la experiencia
de la arboleda paciente, percibo
las traslaciones de las bestias
y muerden muerden profundo:
yo no digo que canten a la luna
casi pregonando pequeños trozos
de soledades rotundas, ellos
caníbales desprejuiciados
avanzan por matorrales propios
de mis memorias retorcidas:
yo digo que ellos polemizan con la tierra
inconscientes, y viven inconscientes
provistos de poderosos colmillos y de una emotividad
más que galaxial.
Sin embargo, ladran y nunca
pudiste verlos.
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Gracias por dedicármelo.
No hay de queso, no más de papa…