Ciutat II

El ruido el ensordecedor ruido
de la fábrica
gente como humos grises
saliendo de las grietas
marchan sin saberlo
pisoteando las máquinas.

La humedad los rastrea
en medio de la exagerada indiferencia
un niño acurrucado junto a unas
planchas de zinc
juega a ser grande un día
y yo me juego la vida el futuro
una escondidilla en la oscuridad proletaria.

Quizá en otras circunstancias, reflexione
que para bien o para mal pudimos
ser los personajes en constante
peligro de extinción.

Ciutat I

Mis fronteras limitan con la formidable
estructura de esta ciudad multiforme
donde cada día es un caso
y no son las mismas aguas que anteayer:
el semáforo de la esquina
son tus luces son tus perlas
tus emociones frívolas máscaras
según donde me encuentre yo en ese momento:
me detengo a meditarlo
y casi nunca sale un perro a expiarte.

Tus calles cosmopolitas se propagan
cuando el comercio al menudeo se desnuda
y sin tu consentimiento ellos
en el fondo ellos van reptando
sumergidos en el nuevo devenir de la Avenida Providencia
y yo, como un tonto pasajero
espero que pase el tiempo en que los inútiles
confíen en el trueque.

Recuerdo cada instante
que pude ser el Ruiseñor
el Vendedor de las Orquídeas
el gran Arquitecto del negocio de las Aseguradoras.

“No necesitamos Fronteras”

Cohete

Este cohete que sube
ciego, que sube y entra
y llega al espacio
al espacio
en un trayecto turbulento
este cohete va a reventarse
en cuestión de momentos
momentos en cuestión
donde el calor aumenta
mojado y quemado
este cohete
que nos lleva al espacio
al abismo
con ojos blancos
con palabras incoherentes
con alaridos galácticos
explotará
y se derretirá en el interior
del universo
de las piernas abiertas de ella.

Ríos

Ríos de sequía
y de aburrimiento
ríos de hambre
regaron tu caudal
desolado.

Como la certera soledad
fuiste por vertientes
y desembocaste
en otras bocas.

Andas como peces
fluyes como ríos
afluentes de la órbita
de mi desesperación
lentamente carcomida.


Momento

Qué simple y vanidosa estás en la ventana
y miras hacia arriba
con esos ojos de canario
y pechos de pantera perturbada

Tengo ganas que caigas por el tejado
y te entregues a mis brazos
y caigas como un hacha rosada
y me empapes con tu hedor

Porque eres tan rotunda tan electromagnética
y seria como las culturas sombrías
Pero cansada y fastidiada, eres tan bella
y vuelves al mundo del efímero
porque estás hecha no de uno sino de muchos genitales
y, rayano en lo genital, pareces eterna,
brillando en mi vértigo, descansas, sublime.

Tengo ganas que tu sexo se evapore
y llegue al cielo
y llueva y nos moje
para que la naturaleza muerta florezca
en tu llamarada
y sea todo color de margaritas
y los niños corran por los prados
germinados de tu pelvis.

Espalda

Espalda del peatón que vegeta
sobre la inercia del tránsito callado
de este par de piernas:
donde vaya no se encontrará con su camino
pero feliz de la vida, seguirá por las aceras:
alguien persigue esta dormida espalda:
El ajetreo incesante y yo
yo y mi tripulación de la calle Providencia
y un futuro que siempre está por verse.
Doblas espalda por estos callejones en sepia
de un Santiago olvidado
cielo amarillo, construcciones de roneo
y te pierdes entre los autobuses
que se apoderan de las avenidas despobladas;
el comercio siempre bosteza luego de las 4 de la tarde
y las transacciones que no hiciste te enmarcan
dentro de la escoliosis de una ciudad-espalda.
Somos los jaguares (risa del padrino)
entre tos y tos, fiebre y sueño:
bostezos cotidianos:
atisbos de autómatas espaldas:
andariveles de la inercia que te fabricaste.

La neblina, clara retórica

© Todos los derechos reservados. Luis Chihuailaf fotos.

La neblina, clara retórica
de tus oscuras indiferencias
se acumula alrededor de mi existencia
varada en esta ciudad supersónica.

Actuar con miedo, sin lógica
demuestra mi absoluta demencia
porque deseo gritar a toda potencia
mi estupidez, dentro de todo, cronológica.

Ya no sé lo que me pasa
¿estaré envejeciendo de a poco?
mi única ciudad es mi casa

y mi casa, el asilo de un loco
que se derrumba en su carcasa
triste, feliz, fuera de foco.

(Fotografía de Luis Chihuailaf
© Todos los derechos reservados.)

Estos Ojos

Estos ojos
que me miran
en un cuarto
de distancia
pueden agonizar
pueden protagonizar
un terremoto
de ocho horas
en la vida
de un hombre
dispuesto a residir
en la ciudad
de las libertades negras.

Pasajeros

Vivo en una ciudad que es lo más inerte que hay
tiene calles donde brotan flores muertas
inmediatamente después de la acera
que significa el alarido de nuestras perpetuas exageraciones
y, en medio de su medio ambiente vegeta un ciclo de microbuses autorizados
por el Ilustre Ministerio de las Ratas.

Los pasajeros reflexivamente callan
como aguardando el advenimiento de un exorcista de sentimientos
un ser de traje negro y corbatín de lunares
un oficinista como cualquiera de nosotros.
Vivo en una ciudad que parece muerta
donde hay transeúntes con portafolios
y los siervos de la gleba que son los fúnebres sacerdotes de las criptas.

Los ángeles en el Cielo en el fondo saben escuchar.
Pero nada de esto te sorprende. Los ángeles, desde su perspectiva genuina,
parece que durmieran su borrachera de humo
la mañana de una noche cotidiana.
Los pasajeros reflexivamente se desesperan,
los pasajeros bien pueden desplegar sus alas
y nunca alzar el vuelo
en sus trolebuses intermitentes.

Hay mil pares de piernas acostumbradas a ser desconocidas
-razón por la cual experimentan un comportamiento extraño
estas piernas nómades hablan un español precario pero acerbo
y deambulan por andenes raídos por el oficio de la soledad que pregonan nuestros gurúes.

Se me cae un ventanal en la cabeza.
Y veo como se te cae la cabeza
del puro gusto de sentirme un forastero de mi carne ensangrentada.
La gotera que, lágrima tras lágrima, inunda tu pedazo de cuartucho repleto de tradiciones
(porque estas piedras portan los genes de la cultura degenerada)
me mata, me tortura, cada año
cada individuo que observo
porque es como tú:
un habitante más de esta gran ciudad
entablada sobre los cimientos de la miseria.

En su durmiente, el tren de la vieja estación
del sector poniente de la ciudad
con sus voces estúpidas pero enérgicas
no perdona ni reflexiona sólo permanece allí en su estable sitio podrido y oxidado.
De pronto cae Dios como cae un tramoya
Éste Ingenioso Arquitecto y toda Su Obra Maestra
cuando teje la pasión y la soledad de los enfermizos pares de piernas
que nos persiguen simulando no existir.

Aún hay poesía en este pueblo.
No se encuentra en los almacenes ni en los moles rotundos
ni en las arterias de nuestro mundo civilizado;
digo que no hemos sido capaces siquiera de sufrir
porque somos unos individuos
y este oficio literario se resiste a desaparecer
aunque los ciudadanos lo desconocen o lo omiten;
el salario del Gran Tramoya alcanza para soñar
el día emite sonidos tan vagos y sucios
mientras los pasajeros adoptan una actitud ligeramente sospechosa
cuando tienen certeza de los acontecimientos.

En el fondo, si he de confesar que estamos
sumergidos en una ciudad paralítica
quiere decir que estoy mintiendo
desconfíen de un ser fatuo como yo
o sospechoso como ustedes.

Vengo de una ciudad ecuánime
que enciende y apaga la luz
los farolitos testarudos de un lugar
extremadamente demente.