Galerías de imágenes que se levantan desde nuestras tumbas preconcebidas
como cadáveres escandalosos cubiertos de nada
y que van y vienen con ánimos en el fondo desnudos, pero perfectamente santiguados
exhiben algunas obras maestras menores
dan ganas de bostezar a gritos, igual que un poema pésimo o un beso en falso
-y no por eso menos apasionado-, traen las nebulosas de una abulia pálida,
lo siento, lo siento en el alma por los seres despiertos, lo siento por los abastecidos
de angustias férreas, pero sin embargo, los espectros iban a emanciparse de todos modos
no una sino cientos de veces, digo, bailar a ritmo de una melodía espantosa
tarareable tan sólo por inocuos o, por qué no decirlo, también por nosotros.
Podría releer nada más un par de poetas y sentirme dueño del mundo
tutelar de los axiomas como mis verdades irrefutables, sabido es que la mentira
abunda en boca de los infelices y la veracidad en oídos de unos cuantos inocentes.
Se nos ha permitido reflexionar respecto de casi nada durante períodos interminables
para aquello es que se nos ha bien remunerado, no hay que jactarse:
el dominio del dominio es motivo de una política indistinta de nosotros
pero sinceramente no gocé de la suficiente modestia para ejecutarlo con calma:
quizá convendría criticarnos un poco menos y aprobarnos después de la segunda interrogación
orden en el cual los cristianos se persignan esperando una respuesta clara desde Olimpo,
que desde luego, nunca llegará, pero les da una razón para vivir conformes;
no se crea que es una posición cómoda, pero sí reconfortante.
¡Y cuánta redundancia de precocidad!
Se caen las promesas cuando comienza a asomar la miseria
especie de embarcación donde lo que no flota desaparece de la constelación
de los objetos titulares, la cabeza de un animal dantesco
se materializa o definitivamente nace a la luz de una circunstancia indeleble.
No me aburro de esto, muy por el contrario, me excita la idea de amortiguar
o creer que ciertas intenciones se suavizan, disfrazadas como un caballito de troya
rumbo directo a un paraíso inexistente un sitio imaginario donde los atolondrados son
arrojados con cierta facilidad.
Demasiado tiempo estuvimos encubiertos por una brisa vergonzante
nuestra locura, claramente, es un antifaz donde aseguramos la posibilidad de la duda
y que se revela en un momento desafortunado de la neurosis del mundo
que es la historia más profunda del horror.
Nos escondemos detrás de otros transeúntes ignorantes
lanzando risotadas con aspectos circulares,
pienso que pueden torcerme la mano pero sin la convicción necesaria para vencerme,
y soy el primero en desconocerlo, no bien fui candidato a antagonista de mi propio
melodrama, película de salón donde la introducción es una venda en los ojos
y el desenlace una vela sobre la mesa en una noche de apagones, ruido y canciones
de protesta para mitigar una constante e incisiva soledad.
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